El cambio climático ya no es cosa del futuro

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Rosalía Martín Experta Patrimonial

Última actualización:  2026-08-19

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Mapa de Europa y España con altas temperaturas durante un episodio de calor extremo

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Durante años hemos hablado del cambio climático en futuro.

Subirán las temperaturas. Las olas de calor serán más frecuentes. Aumentará el riesgo de incendios. Tendremos que adaptar nuestras ciudades y nuestra forma de vivir.

Subirán. Aumentará. Tendremos.

Durante mucho tiempo, además, lo asociamos a imágenes que parecían muy alejadas de nuestra vida cotidiana: el deshielo del Ártico, el retroceso de los glaciares, el aumento del nivel del mar o escenarios que podían producirse dentro de varias décadas.

Pero mientras hablábamos de lo que ocurriría, hemos llegado a un verano en el que basta con mirar el mapa de temperaturas para preguntarnos si aquel futuro del que llevábamos tantos años hablando no será ya simplemente nuestro presente.

Este verano está siendo difícil. Mucho calor, noches en las que cuesta descansar, temperaturas extraordinarias incluso en lugares del norte de España donde rondar los 40 grados resulta especialmente llamativo. Y cada vez utilizamos con mayor normalidad expresiones que antes parecían reservadas para situaciones excepcionales: récord de temperatura, noche tropical, noche tórrida, ola de calor, riesgo extremo...

Quizá una de las cosas que más me preocupa sea precisamente esa: la velocidad con la que estamos empezando a acostumbrarnos.

Los datos ayudan a poner en perspectiva esa sensación. Junio de 2026 fue el junio más cálido registrado en Europa occidental, con una temperatura media 3,06 °C superior a la del periodo de referencia 1991-2020, según el Servicio de Cambio Climático de Copernicus. Y hay otro dato que quizá resulte todavía más revelador: ocho de los nueve junios más cálidos registrados en Europa se han producido desde 2019.

Es difícil observar una sucesión así y seguir pensando únicamente en episodios aislados. Porque el problema no es que un día haga muchísimo calor. El problema es la tendencia.

Y después llega el fuego.

Este verano también nos está dejando incendios forestales de enorme intensidad, poblaciones evacuadas, carreteras cortadas, viviendas amenazadas, miles de hectáreas arrasadas y, lo más doloroso, vidas humanas.

En Almería lo sabemos especialmente bien. El incendio de Los Gallardos, declarado el pasado 9 de julio, dejó 13 personas fallecidas y miles de hectáreas quemadas. Una tragedia que hemos vivido muy cerca y que difícilmente podemos reducir a una cifra más dentro del balance de incendios de este verano.

Aquí creo que es especialmente importante ser rigurosos. El cambio climático no prende un bosque. Un incendio puede comenzar por un accidente, una negligencia, un rayo, una actuación intencionada o por otras causas. Pero una cosa es cómo comienza un fuego y otra muy distinta las condiciones que encuentra cuando empieza a arder.

Temperaturas muy elevadas, vegetación seca, baja humedad y determinados episodios de viento pueden facilitar que un incendio se propague con mayor rapidez y alcance una intensidad extraordinaria. Copernicus ya ha advertido este verano de cómo las condiciones excepcionalmente cálidas y secas pueden favorecer la propagación e intensificación de los incendios en distintas zonas de Europa, entre ellas España.

Por eso quizá deberíamos ampliar la pregunta. No solamente qué o quién inició el fuego, sino también en qué condiciones estaba nuestro territorio cuando comenzó.

Tampoco podemos coger cualquier desastre natural o cualquier episodio extraordinario y colocarle automáticamente la etiqueta de cambio climático. Siempre han existido olas de calor, sequías, lluvias torrenciales e incendios. Y fenómenos como los terremotos responden a procesos geológicos que nada tienen que ver con el calentamiento del planeta.

El rigor importa también cuando hablamos de cambio climático. Pero reconocerlo no significa ignorar lo que muestran las tendencias a largo plazo ni lo que estamos empezando a experimentar en nuestra propia vida.

Porque quizá ahí esté uno de los grandes cambios.

Durante mucho tiempo hablamos del cambio climático mirando hacia los polos, los glaciares o lo que podía suceder a finales de siglo. Hoy ya no necesitamos mirar tan lejos.

Está en cómo dormimos cuando encadenamos noches de temperaturas muy altas, en el aire acondicionado que necesitamos para hacer soportable una vivienda y en lo que después supone para la factura eléctrica. Está en las personas que trabajan al aire libre, en nuestros mayores durante una ola de calor, en el agua disponible, en nuestra agricultura o en quienes viven cerca de zonas forestales.

Y está también en nuestras ciudades y nuestras casas. Muchas fueron diseñadas para unas condiciones climáticas que empiezan a no ser exactamente las que tenemos. Calles con demasiado asfalto y poca sombra, viviendas que acumulan calor, espacios públicos difíciles de utilizar durante determinadas horas del día o una demanda creciente de energía para conseguir algo tan básico como mantener una temperatura soportable.

En una provincia como Almería, donde conocemos perfectamente lo que significan el calor y la escasez de agua, estas cuestiones no son teóricas. Forman parte de nuestra realidad.

Y quizá por eso tengamos que empezar a hablar tanto de adaptación como llevamos años hablando de prevención del cambio climático.

Seguir reduciendo emisiones e intentando limitar el calentamiento es necesario, pero también tendremos que pensar cómo rehabilitamos nuestras viviendas, cómo diseñamos nuestras calles, cuánto espacio dejamos para árboles y sombra, cómo gestionamos el agua, cómo cuidamos nuestros montes, cómo protegemos a las personas más vulnerables y cómo adaptamos determinados trabajos y horarios cuando las temperaturas pueden convertirse en un riesgo para la salud.

Y para hacer todo eso hacen falta personal, presupuestos, planificación y políticas de prevención. Porque adaptarnos no consiste simplemente en saber lo que está ocurriendo. Significa prepararnos para una realidad que ya estamos viviendo.

Quizá dentro de unos años miremos atrás y descubramos que estos veranos fueron el momento en el que empezamos a comprender que algo había cambiado.

O quizá ocurra lo contrario.

Que cada verano un nuevo récord sustituya al anterior. Que los 40 grados dejen de sorprendernos. Que otra ola de calor, otro incendio o una nueva noche con temperaturas imposibles se incorporen a nuestra normalidad.

Eso es lo que más me inquieta.

No que dejemos de hablar del cambio climático, sino que nos acostumbremos tanto a sus consecuencias que dejemos de sorprendernos por ellas.

Durante años nos dijeron que el clima cambiaría, que las temperaturas subirían y que tendríamos que adaptarnos.

Lo conjugábamos en futuro.

Quizá haya llegado el momento de empezar a conjugarlo en presente.

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