Hay decisiones políticas que no necesitan explicación: se entienden solas por sus consecuencias… y por el momento en el que se toman.
El plan de transformación urbana previsto para la calle Loma de la Mezquita es una de ellas.
Más de un millón de euros de inversión. Ocho meses de obras.
Y una pregunta que nadie parece haber querido responder:
¿qué va a pasar con los comercios durante ese tiempo?
Porque aquí no estamos hablando de estética urbana.
Estamos hablando de supervivencia.
Cortar el acceso, dificultar el paso, eliminar visibilidad y estacionamientos durante meses en una calle comercial no es una mejora.
Es una asfixia lenta… y perfectamente previsible.
Y lo más grave no es solo el impacto.
Lo más grave es que se sabe.
Se sabe que el pequeño comercio vive del día a día.
Se sabe que cualquier caída de flujo se traduce en pérdidas inmediatas.
Se sabe que muchos negocios ya operan al límite.
Y aun así, se plantea un proyecto de gran envergadura sin una estrategia real para protegerlos.
Pero hay algo todavía más difícil de justificar: la ausencia de diálogo.
No ha habido una consulta real.
No ha habido un proceso de escucha efectivo.
No ha habido un trabajo conjunto con quienes van a asumir el coste más alto.
Se decide desde fuera… y se paga desde dentro.
Este tipo de actuaciones revelan una forma de entender la ciudad que debería preocuparnos:
una planificación que prioriza la obra sobre la actividad, la inversión sobre las personas, la imagen sobre la realidad.
Porque no seamos incautos:
una calle no se revitaliza cambiando el pavimento si se destruye su tejido comercial.
Una calle sin comercios no es una calle moderna.
Es una calle vacía.
Y entonces llega la gran contradicción:
invertir más de un millón de euros para “mejorar” un entorno que, al terminar, puede haber perdido precisamente aquello que lo hacía valioso.
El comercio no es un elemento decorativo de la ciudad.
Es su pulso.
Ignorarlo no es un error técnico.
Es un error político.
Y, por otra parte… ¿de verdad este es el momento?
Porque una intervención de este tipo no se evalúa solo desde la ingeniería o el urbanismo.
Se evalúa desde la realidad económica en la que se ejecuta.
Y hoy, esa realidad es clara:
un contexto geopolítico inestable, con consecuencias directas sobre la economía, que genera incertidumbre, frena el consumo y deja a muchos negocios operando con márgenes cada vez más ajustados.
A este escenario ya complejo, se le añade una decisión local que multiplica el impacto negativo.
Invertir sin medir el momento no es avanzar.
Es asumir riesgos innecesarios… que otros acabarán pagando.
O quizás la pregunta incómoda sea otra: ¿se está midiendo el momento económico… o el calendario electoral?
Elecciones andaluzas, generales y locales en el horizonte.
Y una ejecución acelerada del gasto público que invita, como mínimo, a la reflexión.
Aún estamos a tiempo de hacer las cosas de otra manera.
Pero eso exige algo que hasta ahora no ha existido: reconocer el problema, escuchar y replantear el proyecto con sentido común.
Porque gobernar no es ejecutar obras.
Es entender sus consecuencias.
Y hoy, en la calle Loma de la Mezquita, esas consecuencias son demasiado evidentes como para seguir mirando hacia otro lado.
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